domingo, 1 de noviembre de 2009




¡HOLA, YO SOY LA MUERTE!



Señoras y señores:
Hoy he aceptado hablar con ustedes y no por esto significa que haya decidido adelantar la cita que tengo prevista con cada uno en lo individual. No quisiera que por ningún motivo se me malinterpretara. Desechen cualquier esperanza: ¡No Somos Amigos! Estoy cansada de los rostros convulsionados por el dolor, de los cuerpos que tiemblan por la enfermedad o por los años, estos cansada de esas expresiones de pánico cuando me sienten llegar.
SOY LA MUERTE. Soy incansable; quien acaba con miles de personas por minuto. Solo soy yo. Y mi arbitraria, soberana e inviolable ley insobornable del “AQUÍ TE MUERES, DEL AQUI TE QUEDAS, DEL AQUÍ NO PASAS, DEL AQUÍ TE ACABAS.”
Soy la muerte; quien te arrebató a tu madre, a tu padre, a tu esposo, a la abuela loca, a la tía solterona, al hermano mayor, al amigo de la infancia, a su cantante favorito. ¿Quién de ustedes no me conoce? ¿Quién es todavía virgen frente a mí? ¿Quién no lleva en el alma mi mordisco? ¿Quién no ha perdido a alguien? De mi nadie puede decir que solo sabe de oídas.
¿Quién de ustedes no me odia? Hay imbéciles que me creen su cómplice, hay quienes piensan que trabajo para ellos, quitando de su camino al contrincante, abreviando el dolor a su querido enfermo, poniendo a sus pies la sorpresa de una herencia, y hay hasta quienes me consideran bondadosa y me llaman “Santa” pues imaginan que en el presente haré su voluntad o en el futuro, cuando la vida se les vuelva indigna e insoportable, les haré un favor. Son tan ingenuos. Solo son unos tontos pensando que pueden compartir o comprender mi poder.
Hay quienes agradecen mi trabajo: los dictadores, los filósofos, los asesinos y los pobres. ¿En que otro asunto encontrarían los filósofos temas para sus pensamientos? Hay quienes maman directamente del chorro copioso de mis ubres: los enterradores, los médicos, las funerarias, los fabricantes de lápidas, algunos de ellos, me deben el pan que se llevan a la boca, algunos me dedican poemas y canciones, me dan las gracias, pero cuando me sienten, cuando dejo de ser calaverita de azúcar, muñeca de papel periódico amasado con engrudo, cuando me les meto como un frío por las piernas o les toco el hombro, cuando con un golpe adentro les paro el corazón, entonces todos tiemblan y es su propio temor lo que los mata, porque casi todos los seres humanos se mueren de susto.
Y es que acerca de mi solo se levantan mentiras estúpidas. Dicen que soy justiciera, que arraso con jóvenes y viejos, que igual visito chozas que palacios, que no hago distinciones, conmigo no cuentan los sobornos, soy pura, intachable, inmaculada, mi justicia es impecable, incorruptible y perfecta. ¡Mentira! ¿Cómo pueden estar ciegos? ¿Ustedes creen que es lo mismo morirse podrido de miseria, hundido en la soledad y la impotencia, dejando a los hijos en el desamparo, lastrados por las deudas y la anemia, que morir bien atendido, rodeado de lambiscones y enfermeras, narcotizado con anestésicos y con la tranquilidad de haberla gozado, de legar a los deudos una jugosa herencia? ¿Ustedes creen que la vida no cuenta, que se mueren igual los infelices que los hartos, que los satisfechos, los que probaron de todo y todo lo tuvierón?. ¡En verdad que están ciegos! El poderoso le dice a los débiles: ¡Lo haces porque lo mando yo, porque si no lo haces te mato! El dictador no necesita pretextar la justicias cuando me tiene a mí, cuando posee la fuerza disciplinante de la muerte. ¿Y creen ustedes que yo soy justiciera? En verdad me hacen reír, para mi la justicia no significa nada. Yo soy quien sostiene a los tiranos y quien otorga su fuerza a los dioses, pues ni siquiera Dios puede más que yo.
SOY EL BRAZO EJECUTOR DE DIOS. YO SOY QUIEN ECHA A ANDAR TODO LO QUE SE MUEVE. Yo soy quien empuja las manecillas del tiempo para que todo avance hacia su destrucción. Sin mí, nadie respetaría a nadie: no habría jefes ni patrones ni gobernantes ni dioses, porque no habría temor.
¿QUIEN TEMERIA A DIOS SI YO NO EXISTIERA?
¿QUIEN SE ACORDARÍA DE DIOS SI NADIE TUVIERA QUE DEJAR LA VIDA? YO SOY QUIEN LOS REDUCE, LOS HUMILLA, QUIEN LOS PONE FRENTE A DIOS.
¿Creen que siendo tan poderosa soy la sirvienta de Dios?
¿Acaso no se han dado cuenta de que lo único que verdaderamente no muere es la muerte, que lo único verdaderamente inmortal soy yo, que soy todopoderosa, puesto que ni Dios puede nada contra mi, que soy mas omnipresente que Dios, puesto que estoy en todas partes? No se han dado cuenta de que el único y verdadero Dios soy yo.
Así lo entienden los moribundos. Yo soy el absoluto, la eternidad de la que ya habrán de librarse, porque los muertos se mantendrán muertos, aunque pasen las horas o los siglos: aunque los deudos se desgarren la cara, lloren hasta deshidratarse o se desgañiten a gritos ellos seguirán muertos y no volverán. No volverán por más que los esperen, los busquen, los invoquen; por más que rueguen o maldigan, no volverán nunca, no regresarán a ocupar su sitio en la cama, ni volverán a sentarse a la mesa: ni los encontrarán al abrir una puerta o al doblar una esquina: no los podrán tener ya jamás junto a ustedes. Yo soy quien enseña el significado de “nunca” Quien penetre en mi reino se mantendrá aturdido a perpetuidad, y quien haya perdido a alguien, abandone toda esperanza.
Yo no me conformo solo con el que muere, también mato en parte a los sobrevivientes, les desmantelo el alma. Soy esa herida que les ha dejado su difunto, esa cortada por donde se les cuela la nostalgia, ese hueco en la casa, ese boquete que tratan de olvidad, pero que a ratos reaparece como una ventana, como un hoyo en el pecho, como la vaga sensación de que algo les falta.
M encanta separar a los amantes. Me encanta fulminar a las madres: siempre traen en las manos una porción de vida de sus hijos. Me encanta dejar en los vivos una herida que se les va pudriendo. ¿Verdad que saben de que les hablo? Si. De esa ocasión en su infancia, cuando los adultos lloraban y ustedes no entendían, pero terminaron poniéndose serios y de ese otro día más reciente, cuando dijeron: “Así es la vida” o “Dios lo quiso” o simplemente dijeron “Ni modo” y se soltaron a llorar. ¿Verdad que si se acuerdan? Se les cayo el pelo, estaban ojerosos y sin apetito hasta que hicieron un esfuerzo por sobreponerse. COMO ME DAN RISA SUS AHOGOS Y SUS PERDIDAS, SE PREOCUPAN COMO SI FUERAN ETERNOS.
No soy cruel, les permito olvidarme: soy práctica: me vuelvo invisible para que ustedes se distraigan y se reproduzcan para mí. Crueles son la Enfermedad y la Vejez que cuando llegan les recuerdan con el dolor, la impotencia y la “dicha” de estar vivos. Y los dejo respirar para que mi presencia no se abarate, para que cada muerte parezca la primera, pues, por definición, soy enemiga de la costumbre.
Soy puntual: los tengo tan a la mano que materialmente es imposible que me retrase ni un segundo y, por ello, me repugnan los suicidios que fallan: calculan tan bien no encontrarse conmigo, que en ocasiones, por castigar su burla los mato: cierro herméticamente las puertas y ventanas de las casas, añado potencia a las pastillas que ingieren, corrijo el ángulo de las pistolas para que las balas no solo arranquen los cabellos, y cuando se cortan las venas, les inyecto anticoagulante, pues entre todos los farsantes, el peor es el suicida falso. No me importan sus razones: siempre son ridículas; lo que me repugna, es la ineficacia en algo tan simple como quitarse la vida. Ustedes son tan frágiles que no hay pretextos; estoy en el fondo del agua y en los ojos de las serpientes, en el beso instantáneo de las ruedas sobre los rieles, en las puntas de las cuerdas, en los cables electrificados, delante de los trenes y hasta dentro de una bolsa de plástico. Quien aparenta llamarme y no me encuentra es, por donde se le mire un ser despreciable e hipócrita.
Yo desconfío de los suicidas; no son personas serias ni seguras como los verdugos. Los verdugos no fallan. Fallar conmigo es, de veras, merecerme.
Aunque de hecho me merecen todos.
¿Será normal que si los hombres se pasan la vida muertos de hambre o muerto de cansancio, muertos de ganas o muertos de amor, muertos de aburrimiento, de miedo o de tristeza, terminen apoyados en mí?
¿NO HAY REGLA MAS CLARA EN TODO EL UNIVERSO: TODO CUANTO EXISTE ES PARA MI!
¡HOLA YO SOY LA MUERTE…!
Y DE MI NADIE PUEDE ALEJARSE, HUIR O EVITARME!

Monólogo de la Muerte
Oscar de la Borbolla.

Muy de acuerdo con la celebración de estos días.